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Questionable feelings of sense

Questionable feelings of sense

Grabaciones en bruto hechas en una terraza durante el confinamiento por la COVID-19, sin ninguna protección en los micrófonos (sin paravientos) y con la ganancia al máximo.

Contexto

Un yo silencioso

«Un yo que se ha deslizado hacia lo mudo.» – Walter Benjamin, Para una crítica de la violencia

Ludwig Wittgenstein cerró su Tractatus logico-philosophicus (1921) con una sentencia: «De lo que no se puede hablar, hay que callar». Años después, Jacques Derrida, en Cómo no hablar. Denegaciones (1989), respondió a esa frase argumentando que «lo que importa aquí es la naturaleza de ese “hay que callar”: inscribe el mandato de silencio en el orden o en la promesa del “hay que hablar”, del “no hay que evitar hablar”, o más bien del “es preciso que haya una huella”. No: “es preciso que haya habido una huella”, una frase que ha de volverse a la vez hacia un pasado y hacia un futuro todavía impresentables: es realmente preciso (ahora) que haya habido una huella».

José Luis Pardo, en La intimidad (1996), nos recuerda que «el ser siente sus emociones, las oye sonar en ese pliegue interior en el que se alberga —no olvidemos que “oír” es uno de los sentidos de “sentir”—, siente el pliegue o la curvatura por la que su “marcha erguida” está siempre en un equilibrio inestable. Saberse mortal es sentirse (oírse) vivo.»

El último capítulo de La expulsión de lo distinto (2018), de Byung-Chul Han, está dedicado al acto de escuchar. Dice: «Escuchar puede bastar para sanar. El arte de escuchar se despliega como un arte de la respiración. Quien escucha se vacía. El ego no es capaz de escuchar. Escuchar ayuda al otro a hablar. La escucha tiene una dimensión política: es una acción, una participación activa en la existencia de los otros y también en sus sufrimientos. Hoy, de algún modo, estamos solos con nuestros propios sufrimientos y miedos. El sufrimiento se privatiza y se individualiza, y se convierte así en objeto de una terapia que intenta curar el yo. La escucha da a cada uno lo suyo. La escucha reconcilia, sana y redime. La ruidosa sociedad del cansancio es sorda.»

En Silencio (1994), de John Cage, el equivalente musical del «espacio vacío», una «música vacía», es —al margen de sus atributos metafísicos— una experiencia, no la ausencia de ella. Como dijo Michel Chion en La audiovisión (1994): «El silencio nunca es un vacío neutro. Es el negativo de un sonido que hemos oído antes o imaginado; es fruto del contraste.»

El viento es lo único que mantiene una relación con la voz. El aliento de la voz viva se disipa en el viento. El grito y el aullido se ahogan en ese aliento. Por eso hay que hablar en voz baja, por ese estallido. Un discurso, por definición, requiere la constelación de su alteridad. No tiene voz, ni palabra, ni sentido propios. El discurso no permanece.

«Quien ha sufrido una pérdida se une en sus lamentos a lo perdido: abandona su cuerpo y se descompone en la atmósfera del mundo.» – Georg Wilhelm Friedrich Hegel